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Las transformaciones de la muerte

Si bien hubo un silencio anticipado, la muerte lo hizo definitivo. Toma tiempo entender esa contradicción que llama a redimensionar la herencia intangible de quien muere en la vida de quienes quedan. Entonces se entiende ese dicho que reza que las personas que amas realmente no mueren mientras sean recordadas y celebradas. El dolor siempre está allí, transformándose en nostalgia. Día a día. A veces se hace notar más de lo usual, pero se acepta con la serenidad -o resignación- de saber que jamás se irá. Hay muchas cosas que cambian en quienes quedan. La tolerancia a lo fútil e insustancial se pierde. El tiempo se valora de forma diferente, con más responsabilidad. Es casi imposible no reflexionar sobre la cantidad de tiempo que le hemos dado a lo que nos ocupa y cuán poco a lo importante. El precio por darnos cuenta que estas últimas son cosas distintas suele ser bastante alto. Y el miedo a la muerte se va diluyendo, también. La muerte nos transforma a todos, quizás ese sea su verdadero...

Seis meses después

El dolor no cede. La sensación de vacío en el pecho, tampoco. A veces la culpa se asoma, pero se puede mantener bajo control. Tapar el dolor con trabajo no funciona. ¿Ella estaría orgullosa de mí? Jamás lo sabré, no hay forma de tener respuesta. Y eso es lo que más miedo me da. Solo han pasado seis meses.

El silencio entre nosotros

Ismael no ha querido dejar que la rabia se aloje en su alma cada que vez que recuerda lo rápido que pasó todo, lo pronto que llegó y lo doloroso de la partida. Pero no puede hacer nada. Esa enfermedad impuso un silencio prematuro y una incapacidad temprana. "¿Cuánto pudo haber hecho si no hubiese enfermado?", se preguntaba. Cuánto amor no pudo expresar. Cuántas sonrisas se perdieron en ese infortunio. Ella dejó de abrazarlo hace tanto, que parece una sensación diluida en el tiempo. Hace tanto que ya no recibía su bendición... Ahora solo hay dolor. Y días buenos, pero otros no tanto. Y rabia.

Memorias de una vida desperdiciada - Extracto N° 2

Ese día, ella estaba en la cocina, sentada, cosiendo esa inexplicable pieza que parecía no acabar nunca. Estaba frágil, apenas podía caminar con la ayuda de una andadera. Los años no pasan en vano ni para los robles más robustos del bosque. A pesar de ello, su carácter y lucidez estaban intactos. Ya listo para irme, recuerdo haberle pedido la bendición -hay costumbres que jamás voy a perder-, y le pregunté si cerraba la puerta. La brisa de la península en esa época del año no daba tregua en su revuelo. Estábamos solo ella y yo, en la inmensidad de ese apartamento casi vacío, envuelto por el viento de enero, y entre infinidad de cosas intangibles. Me dijo: "no, yo voy a despedirme de ti". Y fue en ese momento cuando supe que jamás la volvería a ver con vida. Con mucha dificultad se levantó y me acompañó hasta la puerta. Hay intimidades que no permiten ni necesitan más que ser entendidas en silencio, sin palabras. Una semana después, regresaba a su funeral. Había muerto una de ...

Memorias de una vida desperdiciada - Extracto N° 1

Y, así, me encontré frente a un discurso ya escuchado, una conversación ya sostenida. Los rostros, las miradas y los cuerpos son distintos, pero el miedo es el mismo. Y no puedo sino escuchar, ver y callar. Yo también estuve allí, hace muchos años, enfrentándome a una de esas decisiones determinantes: ser feliz, o ser lo que otros esperan que sea. Yo elegí vivir. Las circunstancias eran -y son- distintas, nuestros contextos son diferentes. "No puedes salvar a nadie más que a ti mismo", me repito. En esta ocasión, la experiencia se siente distinta. No hay decepción. No puedes decepcionarte de algo -o alguien- cuando sabes que acabará de esta forma. Siento compasión. Sé que eligió mal, pero él no puede verlo en este momento. También sé que en unos años se arrepentirá, quizás cuando se dé cuenta que no se puede vivir a través de los otros. Pretender cumplir las expectativas de los demás es la mejor forma para perderse uno mismo. Uno nunca deja de querer, el sentimiento solo se a...

Parábola del viento (BORRADOR)

Muy tarde lo entendió quien su vida pasó persiguiendo al viento, tratando de retenerlo. La naturaleza del viento no es ser contenido en la ambición de aquél que lo persigue, ni es la naturaleza de este pasar su vida tras aquél. El viento solo fluye. Aquél solo debió sentir. Tarde lo entendió. Toda una vida desperdiciada tras el viento.

Dos meses después

Mientras caminaba al trabajo, recordó que no le quedaban pastillas. Se detuvo a revisar su bolso y tuvo la fría confirmación de su sospecha: no había ni una pastilla escondida entre las cosas que siempre llevaba. «¿Desde hace cuánto no tomo las pastillas?», pensó. Más del que pudiese recordar, sin duda. Siguió caminando con una sensación conocida, pero que apenas podía identificar. No era sobresalto, al contrario. «No hay angustia», dijo en voz alta. Parecía que le faltaba sentir algo. Continuó hasta la entrada del edificio, tomó el ascensor y al llegar, luego de los saldos de rutina, preguntó si había algo pendiente. «Nada», fue la respuesta. Y fue esa su respuesta, también. No sentía nada. No estaba químicamente adormecido, como había pasado los anteriores tres años. Ahora estaba despierto, respirando, escuchando el bullicio que venía de la calle y se colaba por la ventana. Se asomaba a ver la coreografía de carros, peatones y luces de semáforos que se sucedía en esa esquina. Lo veía...

Relatos cotidianos: La voz por descubrir

La ansiedad y la culpa no han pasado, ciertamente, pero Ismael ha hecho las paces consigo mismo. Eso le ha permitido respirar, sentirse cómodo con lo que es (y no es) y entender a esas viejas amigas en su justa dimensión. Ya el miedo no paraliza. Ahora trata de estar más conscientemente del lado del amor. Ya en su voz no suena la angustia. ¿A qué suena ahora? ¿Qué historias cuenta su voz, una vez que el dolor se hizo suficiente? Él está en proceso de (re)descubrirlo. Piensa en ello, sin angustia, porque sabe que hay infinitas historias qué contar. Y entre ellas, las suyas. Hasta el próximo post.

Relates cotidianos: Recordar para no sentir miedo

Hola. Ismael cayó en cuenta que no llevaba dos años luchando contra sus miedos: tenía toda su vida enfrentándose a ellos. Un par de semanas atrás, durante una de sus sesiones de psicoterapia, recordó que siendo un niño escribía cartas que nunca entregaba. Estaban escritas con lápices de colores, quizás porque era lo que tenía a mano. En todas ellas expresaba largamente su pesar por la decisión que (nuevamente) acababa de tomar: se iría de la casa. Ismael tenía cinco o seis años cuando escribía esas notas de despedida. Recordaba que lo hacía llorando, a veces tenía que rehacer la carta porque las lágrimas caían sobre la hoja y la arruinaban. Pero no lograba recordar algo fundamental: ¿por qué lo hacía?, ¿cuál era la razón para querer huír de su casa? Admitió, también, que tenía pocos recuerdos de su infancia. Es lo normal, pensó. Uno de ellos era el miedo que le tenía a las multitudes. No le gustaban (y aún no le gustan) los lugares con mucha gente. Recordó una ocasión de visita en Mara...

En primera persona: Libérate de toda culpa

Hola. Las batallas internas son las más violentas, y en consecuencia son las más peligrosas. Perder el control de la mente es algo aterrador, darnos cuenta de cómo la línea de pensamiento es un completo caos resulta cualquier cosa menos alentador. Día a día, en silencio, resistir avalanchas de pensamientos e ideas negativas y autodestructivas consume muchísima energía, genera angustia, lesiona el autoestima y hace que vayamos perdiendo nuestra paz. Nadie merece vivir con la angustia de saberse incapaz de controlar su nivel de ansiedad, pero más allá de eso, nadie merece vivir con la culpa resultante. Hace unas noches, en uno de esos días en que la ansiedad me impedía llegar a los ascensores de mi edificio, me desperté en la madrugada porque podría jurar que alguien me dijo al oído: "libérate de toda culpa, no tienes que seguir cargando con eso, suéltalo". Mi mente extremadamente racional me indica que fue un sueño, algo de mi disparatada imaginación. No obstante, sé que ...

Ahora voy entendiendo...

Hola. Eso de andar por la vida con el corazón roto no es cuestión de elección, la sensación de insatisfacción es tan molesta que si pudiéramos evitar exponernos a ella, seríamos felices, plenos y dichosos. El asunto es que no podemos. En ocasiones, las cosas no salen como creíamos que lo harían, y es en ese momento cuando las expectativas puestas sobre otros se vuelven un problema. Esperar algo de los demás, se comunique o no, sea razonable o no, es tan natural y humano que roza lo cotidiano. A partir de un par de recientes experiencias sobre las que no voy a profundizar (para eso está mi psicoterapeuta), he identificado empíricamente las razones por las cuales atravesamos momentos de tristeza, decepción, rabia, miedo y frustración: 1. Tengo algo que aprender, 2. Tengo algo que soltar, 3. Hay alguien a quien perdonar, 4. Tengo que seguir adelante, aunque me sienta muy cómodo donde estoy; 5. O un mix de todas las anteriores. En lo personal, me tomó casi un par de años convencerme que de...

Relatos cotidianos: las difusas enseñanzas de la muerte.

Hola. Rosa Virginia perdió dos de sus tres hijos por esa manifestación antropológica de naturaleza primitiva llamada violencia. En momentos diferentes, sintió en primera persona eso que mucha gente repite -sin estar muy seguros de su significado: la muerte de un hijo no se supera jamás, tan sólo se vuelve tolerable. Tolerar. Soportar. Permitir, aunque no guste. Hay quienes se llenan de rabia y rencor. Hay quienes prefieren olvidar. Otros, deciden morir en vida. Rosa Virginia decidió seguir, en sus términos. Trabajando y, sobre todo, disimulando. Una visita semanal a la peluquería la haría ver una mujer completa, alejada de la devastación personal que la tragedia lleva implícita, ¿no es así?... Se entregó a su trabajo, a su comunidad, a su hijo. Quizás allí sentía alivio, sintiéndose útil. O quizás era lo necesario para no pensar. Y fue en ese no querer pensar, en ese no permitirse sentir, que Rosa Virginia se volvió permisiva ante la muerte. Dicen que lo "normal" es que los h...

I believe I sold my soul to The Devil - PREAMBLE

I woke up and everything was so white. I was in a black tie suit. Why? Didn't I die? What am I doing here? What is this? And then, the sound. An alarming sound, in countdown with the coldest voice I've ever heard in my entire life. "Ten". "Nine". My heart started its increase beating to the roof. I started to sweat. "Eight". "Seven". Something's not right. If I died, why am I sweating? "Six". And most important: why is my heart still beating? "Four". What happened with "five"? I don't understand... "Three". "Two". What the hell am I supposed to do? "One". "Now: run". Run to where? Why? As I turned my head, I understand why I ough to. Do you remember when you were a child, and afraid of the monsters under the bed? Did you ever picture how they'd look like? Were they scary? These were worst than that. It seemed lik...

El día que la ansiedad le robó el aire que podía respirar

Hola. Ismael era el tipo de hombre que no se permitía fallar. En silencio y con mucha discreción, se exigía mucho más de lo que otros podían siquiera imaginar, porque muy en el fondo siempre tenía miedo a fallar. No obstante, había logrado desarrollar un talento innato: fingir estar bien y hacerle creer a los demás que siempre tenía el control. Era tan bueno en ello, que algunos llegaron a decirle que irradiaba paz. ¿Paz? ¿Qué puede ser paz cuando tu mente está dominada por ruidos y voces que te dicen en todo momento que no puedes, que no eres, que jamás podrás y, naturalmente, que jamás serás? ¿Cómo no tener miedo si el enemigo eres tú mismo? Cuando se convirtió en adulto, se dio cuenta que sólo quería dos cosas: ser una buena persona, como lo eran sus padres y para lo que había sido educado; y alguien que lo abrazara en las noches, cuando dormido, se sobresaltaba de tal forma que a veces se despertaba agitado, llorando y sintiéndose culpable. Pobre Ismael, no sabía que estaba pidiend...

Relatos cotidianos: Un día cualquiera - Parte II

¿Cómo dejó que esto ocurriera? ¿No se suponía que éramos las mejores amigas?, pensaba, mientras dejaba que su mirada recorriera el lugar donde estaba. ¿Por quien lloraba desconsolada esa mujer?, se preguntaba. ¿Estaba sola? ¿Nadie la acompañaba? Debía ser algo grave, nadie puede llorar de esa manera a menos que la seguridad de la muerte la haya arropado. Se veía humilde, lucía cansada. Pero allí estaba, llorando y recostada de esa pared de dudosa suciedad. Del otro lado, un señor en una camilla, semi desnudo. No parecía tener algo grave, sonreía y veía a quienes le rodeaban con cariño. Quizás estaba muy delgado, huesudo, pero no parecía estar sufriendo mucho. Seguramente morirá de un momento a otro. Así son esas cosas: parecen mejorar y la esperanza reconforta a todos, pero luego la inevitable muerte se hace cargo. Debo dejar de pensar en la muerte. Ya es demasiado con tener que caer aquí, en este... ¿Es usted la mamá?, preguntó el médico. Sí, lo soy. ¿Cómo está mi...? Est...

Relatos cotidianos: Un día cualquiera

Hola. Ismael salió de esa oficina con demasiado ruido en su mente, más del usual. Sentía que, de un momento a otro, perderia el control y tendría uno de esos ataques de pánico de antaño. En medio de la ansiedad, la confusión y el miedo, reconoció una voz y un mensaje que durante meses había intentado acallar, pero que continuaba insistiendo: "tienes que huir!" Y fue entonces cuando el estupor de la revelación lo paralizó, allí, en medio del estrecho pasillo que conducía a la salida, reconociendo exactamente lo debía hacer: huir de todo aquello y alejarse de quienes consumieron su energía y atentaron contra su alma. "En ocasiones, lo más valiente que puedes hacer es sólo huir", susurró. Por primera vez en mucho tiempo, sonrió de forma auténtica, quizás no de completa felicidad, pero sí con infinito alivio. Devolvió un saludo ingenuo que le había hecho alguien que pasó por su lado -sólo él sabía lo determinante del momento-, con ese brillo especial que la esperanza le...

Relatos Cotidianos: El niño de madera.

Hola. Mary consiguió una felicidad anteriormente vivida, pero que ya no recordaba con claridad. Sentía que la alegría la embargaba, esa que ahora era tan distante, pero que su cuerpo reconocía como merecedor en momentos ya pasados, en épocas menos confusas. Ella se regocijaba al verle la cara todas las mañanas, tan cercano y sonriéndole en todo momento, que no podía evitar sentirlo suyo. Era la única seguridad que tenía en una vida ahora tan llena de incertidumbres. Era ese niño que se asomaba a su cama día a día, esperando las dulces palabras y los mimos que Mary le dispensaba, como si de su bebé recién nacido se tratase. No podía ser más feliz. Pasaban horas viéndose, contándose cosas, siendo cómplices de travesuras. Ella no dejaba de sonreír cuando el niño se aparecía cada día, en los momentos en que más lo necesitaba. Esos momentos en que la sombra de la angustia y la desesperación la arropaban, por no poder reconocer como propio el mundo en que siempre ha vivido. En esos momento...

Escribir en primera persona.

Hola. Escribo para perdonar, no para alimentar fútiles rencores. Escribo para aligerar la carga. Escribo para jamás olvidar, y poder seguir adelante. Escribo para compartir lo que veo, lo que siento. No sé si existe, pero está allí. Escribo para sanar(me). Escribo para tener paz, una de las cosas más preciadas (y escasas) de la vida. Hasta el próximo post.

Relatos Cotidianos: "Mi muñeca, me decía"

Hola. Cada noche, Mary rezaba las oraciones que el Alzheimer aún no había borrado de su memoria. En su atribulada mente se entrelazaban, como un tejido de antaño, los recuerdos que afloraron una vez que murió Susana, su madre. Nada podía consolarla en las noches cuando, con la mirada perdida en el infinito, repetía las palabras que le dedicaba Susana en la casona de La Vela, hace más de cincuenta años: "Mi muñeca, me decía". Aún en su situación, Mary lograba reflexionar acerca de la muerte como un evento en el que poco se piensa, nunca se habla, pero que es absoluto. En sus mejores momentos, ella siempre le decía a sus hijos que la muerte era lo único seguro en esta vida. Ahora esa muerte la confrontaba justo cuando el Alzheimer le golpeaba la vida. Ya no importa la pregunta mil veces hecha ni recordar el rostro de quién le toma la mano cuando lo más valioso es el recuerdo de aquél momento en que todo era posible, cuando la muerte no existía, "Mi muñeca, me decía". ...

Relatos Cotidianos: Lo definitivo de las pérdidas.

Saludos. Si alguna vez Mary lo imaginó, seguramente nunca fue tan doloroso como la realidad que ahora enfrentaba: Susana, su madre, a quién le dedicó el más profundo y auténtico rencor, había muerto. “¿Por qué me duele tanto?”, se preguntaba una y otra vez, en medio de los tormentosos pensamientos que habitaban su mente. No era sencillo mantener la entereza ante la pérdida de quien le había dado mucho más que la vida: Susana la había llenado de motivos para seguir adelante, para probarle que no iba a destruirla, para demostrarle que era mejor que ella. En su alma estaban las marcas emocionales de esa cruzada contra lo que el destino había elegido para ambas: ser madre e hija. Pero en su mente todo estaba borroso, ya no encontraba esas imágenes que reforzaban el deseo de revancha cada vez que su alma pedía a gritos una tregua. Ya no recordaba con tanta claridad las dolorosas circunstancias que las alejaron. Y fue entonces cuando empezaron a brotar aquellos recuerdos que parecían haber s...