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Relatos cotidianos: las difusas enseñanzas de la muerte.

Hola. Rosa Virginia perdió dos de sus tres hijos por esa manifestación antropológica de naturaleza primitiva llamada violencia. En momentos diferentes, sintió en primera persona eso que mucha gente repite -sin estar muy seguros de su significado: la muerte de un hijo no se supera jamás, tan sólo se vuelve tolerable. Tolerar. Soportar. Permitir, aunque no guste. Hay quienes se llenan de rabia y rencor. Hay quienes prefieren olvidar. Otros, deciden morir en vida. Rosa Virginia decidió seguir, en sus términos. Trabajando y, sobre todo, disimulando. Una visita semanal a la peluquería la haría ver una mujer completa, alejada de la devastación personal que la tragedia lleva implícita, ¿no es así?... Se entregó a su trabajo, a su comunidad, a su hijo. Quizás allí sentía alivio, sintiéndose útil. O quizás era lo necesario para no pensar. Y fue en ese no querer pensar, en ese no permitirse sentir, que Rosa Virginia se volvió permisiva ante la muerte. Dicen que lo "normal" es que los h...

I believe I sold my soul to The Devil - PREAMBLE

I woke up and everything was so white. I was in a black tie suit. Why? Didn't I die? What am I doing here? What is this? And then, the sound. An alarming sound, in countdown with the coldest voice I've ever heard in my entire life. "Ten". "Nine". My heart started its increase beating to the roof. I started to sweat. "Eight". "Seven". Something's not right. If I died, why am I sweating? "Six". And most important: why is my heart still beating? "Four". What happened with "five"? I don't understand... "Three". "Two". What the hell am I supposed to do? "One". "Now: run". Run to where? Why? As I turned my head, I understand why I ough to. Do you remember when you were a child, and afraid of the monsters under the bed? Did you ever picture how they'd look like? Were they scary? These were worst than that. It seemed lik...

El día que la ansiedad le robó el aire que podía respirar

Hola. Ismael era el tipo de hombre que no se permitía fallar. En silencio y con mucha discreción, se exigía mucho más de lo que otros podían siquiera imaginar, porque muy en el fondo siempre tenía miedo a fallar. No obstante, había logrado desarrollar un talento innato: fingir estar bien y hacerle creer a los demás que siempre tenía el control. Era tan bueno en ello, que algunos llegaron a decirle que irradiaba paz. ¿Paz? ¿Qué puede ser paz cuando tu mente está dominada por ruidos y voces que te dicen en todo momento que no puedes, que no eres, que jamás podrás y, naturalmente, que jamás serás? ¿Cómo no tener miedo si el enemigo eres tú mismo? Cuando se convirtió en adulto, se dio cuenta que sólo quería dos cosas: ser una buena persona, como lo eran sus padres y para lo que había sido educado; y alguien que lo abrazara en las noches, cuando dormido, se sobresaltaba de tal forma que a veces se despertaba agitado, llorando y sintiéndose culpable. Pobre Ismael, no sabía que estaba pidiend...

Relatos cotidianos: Un día cualquiera - Parte II

¿Cómo dejó que esto ocurriera? ¿No se suponía que éramos las mejores amigas?, pensaba, mientras dejaba que su mirada recorriera el lugar donde estaba. ¿Por quien lloraba desconsolada esa mujer?, se preguntaba. ¿Estaba sola? ¿Nadie la acompañaba? Debía ser algo grave, nadie puede llorar de esa manera a menos que la seguridad de la muerte la haya arropado. Se veía humilde, lucía cansada. Pero allí estaba, llorando y recostada de esa pared de dudosa suciedad. Del otro lado, un señor en una camilla, semi desnudo. No parecía tener algo grave, sonreía y veía a quienes le rodeaban con cariño. Quizás estaba muy delgado, huesudo, pero no parecía estar sufriendo mucho. Seguramente morirá de un momento a otro. Así son esas cosas: parecen mejorar y la esperanza reconforta a todos, pero luego la inevitable muerte se hace cargo. Debo dejar de pensar en la muerte. Ya es demasiado con tener que caer aquí, en este... ¿Es usted la mamá?, preguntó el médico. Sí, lo soy. ¿Cómo está mi...? Est...

Relatos cotidianos: Un día cualquiera

Hola. Ismael salió de esa oficina con demasiado ruido en su mente, más del usual. Sentía que, de un momento a otro, perderia el control y tendría uno de esos ataques de pánico de antaño. En medio de la ansiedad, la confusión y el miedo, reconoció una voz y un mensaje que durante meses había intentado acallar, pero que continuaba insistiendo: "tienes que huir!" Y fue entonces cuando el estupor de la revelación lo paralizó, allí, en medio del estrecho pasillo que conducía a la salida, reconociendo exactamente lo debía hacer: huir de todo aquello y alejarse de quienes consumieron su energía y atentaron contra su alma. "En ocasiones, lo más valiente que puedes hacer es sólo huir", susurró. Por primera vez en mucho tiempo, sonrió de forma auténtica, quizás no de completa felicidad, pero sí con infinito alivio. Devolvió un saludo ingenuo que le había hecho alguien que pasó por su lado -sólo él sabía lo determinante del momento-, con ese brillo especial que la esperanza le...

Relatos Cotidianos: El niño de madera.

Hola. Mary consiguió una felicidad anteriormente vivida, pero que ya no recordaba con claridad. Sentía que la alegría la embargaba, esa que ahora era tan distante, pero que su cuerpo reconocía como merecedor en momentos ya pasados, en épocas menos confusas. Ella se regocijaba al verle la cara todas las mañanas, tan cercano y sonriéndole en todo momento, que no podía evitar sentirlo suyo. Era la única seguridad que tenía en una vida ahora tan llena de incertidumbres. Era ese niño que se asomaba a su cama día a día, esperando las dulces palabras y los mimos que Mary le dispensaba, como si de su bebé recién nacido se tratase. No podía ser más feliz. Pasaban horas viéndose, contándose cosas, siendo cómplices de travesuras. Ella no dejaba de sonreír cuando el niño se aparecía cada día, en los momentos en que más lo necesitaba. Esos momentos en que la sombra de la angustia y la desesperación la arropaban, por no poder reconocer como propio el mundo en que siempre ha vivido. En esos momento...

Escribir en primera persona.

Hola. Escribo para perdonar, no para alimentar fútiles rencores. Escribo para aligerar la carga. Escribo para jamás olvidar, y poder seguir adelante. Escribo para compartir lo que veo, lo que siento. No sé si existe, pero está allí. Escribo para sanar(me). Escribo para tener paz, una de las cosas más preciadas (y escasas) de la vida. Hasta el próximo post.