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Parábola del viento (BORRADOR)

Muy tarde lo entendió quien su vida pasó persiguiendo al viento, tratando de retenerlo. La naturaleza del viento no es ser contenido en la ambición de aquél que lo persigue, ni es la naturaleza de este pasar su vida tras aquél. El viento solo fluye. Aquél solo debió sentir. Tarde lo entendió. Toda una vida desperdiciada tras el viento.

Dos meses después

Mientras caminaba al trabajo, recordó que no le quedaban pastillas. Se detuvo a revisar su bolso y tuvo la fría confirmación de su sospecha: no había ni una pastilla escondida entre las cosas que siempre llevaba. «¿Desde hace cuánto no tomo las pastillas?», pensó. Más del que pudiese recordar, sin duda. Siguió caminando con una sensación conocida, pero que apenas podía identificar. No era sobresalto, al contrario. «No hay angustia», dijo en voz alta. Parecía que le faltaba sentir algo. Continuó hasta la entrada del edificio, tomó el ascensor y al llegar, luego de los saldos de rutina, preguntó si había algo pendiente. «Nada», fue la respuesta. Y fue esa su respuesta, también. No sentía nada. No estaba químicamente adormecido, como había pasado los anteriores tres años. Ahora estaba despierto, respirando, escuchando el bullicio que venía de la calle y se colaba por la ventana. Se asomaba a ver la coreografía de carros, peatones y luces de semáforos que se sucedía en esa esquina. Lo veía...

Relatos cotidianos: La voz por descubrir

La ansiedad y la culpa no han pasado, ciertamente, pero Ismael ha hecho las paces consigo mismo. Eso le ha permitido respirar, sentirse cómodo con lo que es (y no es) y entender a esas viejas amigas en su justa dimensión. Ya el miedo no paraliza. Ahora trata de estar más conscientemente del lado del amor. Ya en su voz no suena la angustia. ¿A qué suena ahora? ¿Qué historias cuenta su voz, una vez que el dolor se hizo suficiente? Él está en proceso de (re)descubrirlo. Piensa en ello, sin angustia, porque sabe que hay infinitas historias qué contar. Y entre ellas, las suyas. Hasta el próximo post.

Relates cotidianos: Recordar para no sentir miedo

Hola. Ismael cayó en cuenta que no llevaba dos años luchando contra sus miedos: tenía toda su vida enfrentándose a ellos. Un par de semanas atrás, durante una de sus sesiones de psicoterapia, recordó que siendo un niño escribía cartas que nunca entregaba. Estaban escritas con lápices de colores, quizás porque era lo que tenía a mano. En todas ellas expresaba largamente su pesar por la decisión que (nuevamente) acababa de tomar: se iría de la casa. Ismael tenía cinco o seis años cuando escribía esas notas de despedida. Recordaba que lo hacía llorando, a veces tenía que rehacer la carta porque las lágrimas caían sobre la hoja y la arruinaban. Pero no lograba recordar algo fundamental: ¿por qué lo hacía?, ¿cuál era la razón para querer huír de su casa? Admitió, también, que tenía pocos recuerdos de su infancia. Es lo normal, pensó. Uno de ellos era el miedo que le tenía a las multitudes. No le gustaban (y aún no le gustan) los lugares con mucha gente. Recordó una ocasión de visita en Mara...

En primera persona: Libérate de toda culpa

Hola. Las batallas internas son las más violentas, y en consecuencia son las más peligrosas. Perder el control de la mente es algo aterrador, darnos cuenta de cómo la línea de pensamiento es un completo caos resulta cualquier cosa menos alentador. Día a día, en silencio, resistir avalanchas de pensamientos e ideas negativas y autodestructivas consume muchísima energía, genera angustia, lesiona el autoestima y hace que vayamos perdiendo nuestra paz. Nadie merece vivir con la angustia de saberse incapaz de controlar su nivel de ansiedad, pero más allá de eso, nadie merece vivir con la culpa resultante. Hace unas noches, en uno de esos días en que la ansiedad me impedía llegar a los ascensores de mi edificio, me desperté en la madrugada porque podría jurar que alguien me dijo al oído: "libérate de toda culpa, no tienes que seguir cargando con eso, suéltalo". Mi mente extremadamente racional me indica que fue un sueño, algo de mi disparatada imaginación. No obstante, sé que ...

Ahora voy entendiendo...

Hola. Eso de andar por la vida con el corazón roto no es cuestión de elección, la sensación de insatisfacción es tan molesta que si pudiéramos evitar exponernos a ella, seríamos felices, plenos y dichosos. El asunto es que no podemos. En ocasiones, las cosas no salen como creíamos que lo harían, y es en ese momento cuando las expectativas puestas sobre otros se vuelven un problema. Esperar algo de los demás, se comunique o no, sea razonable o no, es tan natural y humano que roza lo cotidiano. A partir de un par de recientes experiencias sobre las que no voy a profundizar (para eso está mi psicoterapeuta), he identificado empíricamente las razones por las cuales atravesamos momentos de tristeza, decepción, rabia, miedo y frustración: 1. Tengo algo que aprender, 2. Tengo algo que soltar, 3. Hay alguien a quien perdonar, 4. Tengo que seguir adelante, aunque me sienta muy cómodo donde estoy; 5. O un mix de todas las anteriores. En lo personal, me tomó casi un par de años convencerme que de...

Relatos cotidianos: las difusas enseñanzas de la muerte.

Hola. Rosa Virginia perdió dos de sus tres hijos por esa manifestación antropológica de naturaleza primitiva llamada violencia. En momentos diferentes, sintió en primera persona eso que mucha gente repite -sin estar muy seguros de su significado: la muerte de un hijo no se supera jamás, tan sólo se vuelve tolerable. Tolerar. Soportar. Permitir, aunque no guste. Hay quienes se llenan de rabia y rencor. Hay quienes prefieren olvidar. Otros, deciden morir en vida. Rosa Virginia decidió seguir, en sus términos. Trabajando y, sobre todo, disimulando. Una visita semanal a la peluquería la haría ver una mujer completa, alejada de la devastación personal que la tragedia lleva implícita, ¿no es así?... Se entregó a su trabajo, a su comunidad, a su hijo. Quizás allí sentía alivio, sintiéndose útil. O quizás era lo necesario para no pensar. Y fue en ese no querer pensar, en ese no permitirse sentir, que Rosa Virginia se volvió permisiva ante la muerte. Dicen que lo "normal" es que los h...